martes, 12 de junio de 2018

EL MONO BLANCO Y EL MONO NEGRO



José, es un racista convencido. Odia a los negros, hasta a su propia madre que es negra... Porque José nació blanco como su padre. Pero la vida da vueltas, el devenir de la aventura del protagonista desde su lugar de nacimiento en República Dominicana hasta España e Italia, le llevan a ...


EL MONO BLANCO Y EL MONO NEGRO
© Julio Pablo Andujar


Safe Creative - Registro de propiedad intelectual

Registro: 1711204885575
  

CAPITULO I


José García Sánchez, se llamaba. Y eso, le jodía mucho.

Porque a él, le hubiera gustado llamarse, por ejemplo, Rodrigo Díaz de  Vivar, como El Cid Campeador, o Gonzalo De Las Cruces Montecristo… Vamos, un nombre, que fuera único en España. No un nombrecillo y unos apellidos que podían servir para nombrar a mil tipos vulgares de la calle.

-Uno –pensaba-  va por la calle, por una calle importante… Vamos, la calle Alcalá de Madrid y grita :

-¡José! Y se giran un montón.

-¡García! y ocurre la mismo, ¡Qué pena!.

-Aunque tiene sus ventajas, porque a fin de cuentas –continuaba hablándose a sí mismo José-, si en el periódico aparece una noticia acusando a un tal José García Sánchez, de cualquier delito, pues nadie tiene porqué pensar que se trata de mí.

Pero no nos engañemos: Su nombre y apellidos, le tenían mortificado, porque él, aspiraba a ser único y diferente.

Tal es así, que a sus congéneres, no les llamaba “Mis semejantes”, sino “Mis diferentes”.

No ayudaba mucho a su complejo “Nominativo”, el hecho de ser de estatura normal, complexión normal, aspecto normal, es decir, como cualquiera de la calle.

Aunque eso, sí, era más bien agraciado:

Veinticinco años, cara bien formada, cabello lacio de color bien negro. Casi podría pasar, dada su tez muy morena, por un ejemplar centroamericano, de esos que son la consecuencia de la unión de un hombre blanco, con una “India”.

Pero en realidad, él era consecuencia de otra cosa:

De la unión de un hombre blanco, Español y Madrileño por más señas, con una mujer de Centro América, concretamente de República Dominicana… Negra, bastante negra.

Eso, le convertía en mestizo, pero para sí mismo, porque para los demás, era de raza blanca, ya que había salido muy parecido a su padre, aunque con la piel un poco “Tiznada”.

Y eso, que no supondría problema para cualquier otro, pues para él, constituía un gran complejo.

Además, al complejo por la raza mezclada, se unía el complejo por la “Ilegitimidad”…

Cuando se deprimía, pensaba –Soy un bastardo-. Y se apenaba aún más.

Lo cierto, es que su padre, era un hombre de cierto “Abolengo”… Tanto abolengo, que procedente de una familia más bien importante, cursó estudios de Diplomacia y llegó a ocupar el puesto de Cónsul en la Embajada de España en la República Dominicana.
Y cuando uno se “Mete” en el ambiente Dominicano, pues cambian muchas cosas.

Por ejemplo, se comienza a aficionar uno más al “Sancocho”, (Delicioso cocido de carne de res, pollo, yuca, papas, banano)…

Que al “Cocidito Madrileño”.

Y haciendo un paréntesis, qué bueno está también el cocidito madrileño, ¿Verdad?. No es de extrañar que compositores tan famosos como Quintero, León y Quiroga, le dedicara la canción:

♫No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer♫.

La cantaba un auténtico ejemplar de Madrileño, llamado Pepe Blanco, aunque posteriormente la versionó Manolo Escobar.

Pero da igual. El cocidito Madrileño está cojonudo y el Sancocho, también.

Se empieza por ahí, yendo a comer sancocho a cada rato al restaurante “El Conuco” en el centro de Santo Domingo y se continúa aficionándose a las “Habichuelas dulces” y finalmente, se aficiona uno a la camarera que le sirve el sancocho y ya…¿Para qué seguir?.

Y se pregunta uno, si Cristóbal Colón no hundiría expresamente la “Santa María”, como excusa para quedarse allí más tiempo comiendo sancocho.

Aunque seguro que cuando llegó Colón a la República Dominicana, no existía el Restaurante “El Conuco”. Vamos, seguro que no habían restaurantes… Ni siquiera habría un McDonalds.

Los que Cristóbal Colón llamaba “Indios”, que en realidad eran “Taínos”, no comían en restaurantes.

Y el papá de nuestro protagonista José García Sánchez, que se llamaba también José García, pero sin Sánchez al final, pues quedó seducido por la República Dominicana y más aún por la ya dicha camarera que le servía el sancocho, dominicana y… Taína.

-Señor, ¿Le traigo más sancocho?... Usted siempre repite…

-¡Hay!, que de lo que yo repetiría una y mil veces, es de otra cosa –respondió el Señor Cónsul.

-Solo Ud. dígame, Señor –Yo se la traigo…- Tal que no entendiera a lo que él se refería.

-Llevo tiempecito ya almorzando el sancocho, que mezclado con tu aroma resulta más delicioso y ni siquiera se tu nombre –respondió él, amoroso.

-Pues me llamo Altagracia,  para servir a Dios y a Usted.

-Pues mira –respondió él ardoroso-, gran servicio me harías aceptando tomar conmigo unos traguitos de ron esta noche.

-Hay Señor –respondió ella con gran pudor y la inocencia propia de una joven bella experimentada en miles de lances amorosos a cambio unas veces de diversión, otras de algún regalito, pero…Eso sí: Nunca plata, porque ella no era ninguna puta- No se si debo…-Dijo ella sonrojándose, pese a ser de color negro- ¿A qué hora viene a buscarme?. Yo termino acá después de las cenas a las once de la anoche…

-Pues a las once, estaré aquí –respondió él, ya encendido, sintiendo que sus hormonas masculinas, bueno, una en concreto: La testosterona, se derramaba por el exceso, haciendo que su sangre, se desplazara rápidamente desde su cabeza a sus partes sexuales, causándole terrible hinchazón de éstas.

Y salió del restaurante, alegre, contento, casi caminando a tres patas.

Se dirigió a su carro, entrando en él, sin necesidad de molestarse en abrir la puerta del mismo, ya que eso, ya lo había hecho su chofer, con gran prestancia.

Edwin, se llamaba el chófer, alto, negro, bien proporcionado, con un aspecto que esencialmente recordaba al de un serio y prestigioso explotador de putas.

-Regresamos a La Embajada, Edwin- dijo José…

-A la orden, señor –respondió éste.

A los chóferes, a veces, pese a ser empleados, se les coge cierta confianza. Si saben estar en su lugar, estos empleados, reciben la confianza con discreción y por supuesto, no se toman ellos confianza ninguna.

Y Edwin, era de esos.

-¿Sabes Edwin? –Comentó el Cónsul, bien cargadito de cerveza de la prestigiosa marca “Presidente”, además de sancocho- hay ahí una camarera a la que me parece que le voy a dar una “Cogidita”. Ando caliente.

-Eso está bien, señor –respondió Edwin, discreto.

Y rompió la discreción por un momento:

-¿Cómo se llama ella, señor?.

-Altagracia, me ha dicho y fíjate que es alta y que tiene gracia –rió jocoso el cónsul, claramente elevado de espíritu por la cerveza…


Sigue en:

https://www.amazon.es/EL-MONO-BLANCO-NEGRO/dp/1980574413/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1528794337&sr=1-1&keywords=el+mono+blanco+y+el+mono+negro